The Offspring oficia un ritual veloz y gamberro ante 5.000 incondicionales

CHILE MÚSICA

El cantante del grupo norteamericano, The Offspring, Dexter Holland. EFE/Archivo
El cantante del grupo norteamericano, The Offspring, Dexter Holland. EFE/Archivo

— Dieciséis años después de su primer concierto en Chile, la banda californiana The Offspring descargó esta noche en Santiago todo lo que le queda del rock veloz y gamberro que en otro tiempo la encumbró como una de las más emblemáticas de la escena punk de los noventa.

El quinteto californiano autor de éxitos como "All I want" y "Come out and play", repasó su más reciente trabajo, "Days go by" (2012), además de clásicos como "Self esteem" y "Gotta get away" y dos himnos generacionales, "The kids aren't alright" y "Why don't you get a job".

The Offspring volvió a Chile con motivo de la gira promocional de su noveno álbum de estudio, que ya pasó por Japón, Australia, Europa y Norteamérica y ahora llega a Sudamérica, con escalas que también incluyen Perú y Brasil.

Con tres décadas de historia musical a sus espaldas y algunos kilos de más alrededor de su abdomen, esta noche Dexter Holland (líder y cantante del grupo) se metió al público en el bolsillo sin demasiado esfuerzo ni alarde vocal.

El grupo nacido en Orange County e integrado también por el guitarrista Noodles, el bajista Greg K y el batería Pete Parada, (apoyados en esta gira por el guitarrista Todd Morse) no tuvo empacho en echar mano en ocasiones de sonido pregrabado para los coros y la percusión.

Fue de lo menos. Los casi 5.000 espectadores que rebosaban el teatro Caupolicán tenían ganas de pasarlo bien y nada torció su propósito. Un rock poderoso, irónico y explosivo fue la pócima mágica que emplearon los cuarentones brujos.

Por algo The Offspring fue en su momento una de las más notables bandas del punk rock de los noventa en Estados Unidos, junto Green Day, Blink 182 y Bad Religion y ha vendido más de 40 millones de discos.

Y aunque en su último álbum dicen que "los días pasan y todos comenzamos de nuevo", lo cierto es que el transcurso del tiempo es inexorable. Ahora sus requerimientos para los conciertos nada tienen que ver con el arquetípico "sexo, drogas y rock and roll", sino leche, jugo y fruta fresca.

Minutos antes de que comenzara el concierto, decenas de fans luchaban a brazo partido para que el personal de seguridad y la policía les franqueara la entrada, porque incomprensiblemente el principal acceso permanecía cerrado por una reja.

Dentro del teatro, el aforo estaba prácticamente al completo. El joven e inquieto público se entretenía saltando y jaleando a los más temerarios, que se descolgaban desde las gradas hacia la cancha para ocupar una localidad más cara.

A las nueve y media en punto, el público y la banda arrancaron al unísono cantando el tema "All I want", del álbum "Ixnay on The Hombre" (1997) y acto seguido se lanzaron al ataque con "Bad habit" del disco "Smash" (1994).

Un "¡Buenas noches, Santiago!" a modo de presentación, y de nuevo otro clásico de comienzos de su carrera, "Come out and play".

El género hardcore está hecho para que el público se mueva frenéticamente y salte como loco durante los conciertos, pero lo de esta noche en el Caupolicán sobrepasó todos los límites.

Como sería el frenesí que hasta el propio Holland llegó a exclamar: "¡Estáis muy locos, de verdad!"

El tema "Days go by", que da título a su último álbum, publicado en junio de 2012, logró sosegar los ánimos por unos minutos, pero el relax duró muy poco.

El tema "Mota" (nombre de la marihuana entre la población mexicana de California) llegó como una descarga de mil voltios. A continuación "Have you ever" y "Waht happened to you" terminaron por desatar el paroxismo rítmico.

A esas alturas del concierto ya nadie dudaba de que aquello era un aquelarre musical. Los enhiestos penachos de los mohicanos lucían desfallecidos y un gracioso reclamaba a gritos "una de Silvio" (Rodríguez).

Cuando se cumplía una hora y diez minutos de recital y después de tocar "Head around you" y "Self steem", el quinteto californiano se despidió del entusiasta público chileno, al que fuera del recinto aguardaba un grupo de policías antidisturbios pertrechados de escudos y porras.

 
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