Opinión: El arribo de la green card

Cuando hace 14 años emigramos de Hermosillo, Sonora, a Tijuana no imaginamos que tres años más tarde radicaríamos en San Diego y menos que en el pasado mes de septiembre obtendríamos la tarjeta de residente permanente de Estados Unidos, mejor conocida como la green card.

No fue nada fácil conseguirla pero podríamos decir que tampoco resultó tan difícil, fue cuestión de tiempo y de harta paciencia para enfrentar paso a paso los distintos trámites que exige el proceso.

Gracias a que el cuarto de nuestros hijos nació por razones médicas en Tucson, Arizona, al cumplir en el 2012 sus 21 años de vida pudo solicitar la residencia permanente de mi esposa y de quien esto escribe, con base en la Ley de Inmigración en vigor.

Al respecto nos preguntamos en repetidas ocasiones, ¿por qué se aplaza tanto tiempo la reforma migratoria cuando varios millones de los indocumentados que viven en Norteamérica podrán eventualmente solicitar su residencia permanente cuando uno de sus hijos cumpla los 21 años?

¿No sería más práctico reconocer esta realidad y adelantar el proceso para quienes tienen hijos norteamericanos y que cuentan con un trabajo remunerador y un historial limpio y honesto?

El trámite arrancó con el llenado de las formas que son varias y complejas además del pago riguroso de una elevada tarifa en dólares y otros más para el abogado que contratamos para conducir la gestión y que a decir verdad la realizó con amplio profesionalismo y eficiencia.

Uno de los requisitos más engorrosos es el examen médico que consiste en una revisión por parte de un galeno autorizado, en la aplicación de una prueba para detectar la tuberculosis y en la toma de una muestra de sangre para revisar una posible infección de sífilis.

Éste fue quizás el momento más incómodo que pasamos. Si teníamos diez años de residir en Norteamérica con la tramitación frecuente de visas de trabajo y un historial médico de fácil acceso, ¿por qué tratar a un vecino de California como si apenas llegara de un lugar recóndito, insalubre y asediado por epidemias?

Llama la atención que se busque detectar una enfermedad cada vez más controlada como la sífilis, pero en cambio no se ponga atención a otras más comunes como el sida e incluso la gripe aviar o la porcina.

Después de iniciado el trámite hay que permanecer de tres a cuatro meses sin salir de territorio norteamericano hasta recibir un permiso temporal para trabajar y para poder cruzar a México o a algún otro país extranjero.

En el ínter recibimos un citatorio para acudir a la oficina de Inmigración en Chula Vista a la toma de huellas dactilares, trámite que se realizó sin contratiempos en un lapso de hora y media.

Un paso importante para el trámite es contar con un tutor o patrocinador que sea ciudadano norteamericano o residente permanente y quien eventualmente pueda mantener económicamente al nuevo inmigrante.

Para ello se requiere que el “sponsor” demuestre ingresos anuales suficientes como para sostener al solicitante.

A los tres meses exactos recibimos por correo el permiso para trabajar y para poder viajar fuera de Estados Unidos, pero de ahí en adelante la espera para la green card se hizo eterna.

Nos dijeron por parte del abogado que en un máximo de seis meses recibiríamos la aprobación final de la residencia permanente y que antes seríamos citados para una entrevista con un oficial del Servicio de Ciudadanía e Inmigración de los Estados Unidos (USCIS por sus siglas en inglés).

Pero no ocurrió así y aparentemente la demora se debió a los recortes federales del presupuesto que afectaron al personal de esa dependencia. Solo recibimos en ese tiempo una solicitud para que nuestro patrocinador actualizara su declaración anual de impuestos, trámite que se llevó a cabo en la siguiente semana.

Transcurrieron lentamente el sexto, séptimo, octavo, noveno y el décimo mes sin ninguna noticia. Un tanto desesperados llamábamos cada dos semanas a la oficina del abogado para conocer algún avance. ¿Habrá otra razón para que el trámite no se concrete?, inquiríamos con preocupación.

Finalmente al úndecimo mes del proceso recibimos una llamada del abogado para avisarnos que el trámite había sido aprobado lo que confirmamos dos días después a través de una carta. Una semana más tarde la ansiada green card que por cierto tiene un fondo verde y la imagen de la estatua de la libertad, llegó a nuestro buzón con una efusiva carta de felicitación por parte del gobierno norteamericano.

Fue para nuestra familia un motivo de satisfacción y alegría saber de este paso importante en nuestra situación migratoria porque facilitará mantener la residencia en este país que establecimos desde junio del año 2002 cuando venimos “por un año con la idea de que nuestros hijos aprendieran el inglés”.

Después de más de una década en este país debemos confesar que el sueño americano se ha cumplido parcialmente, hasta ahora. En materia económica sigue sin concretarse, quizás porque nos tocó bailar con dos muy feas: la peor crisis económica de Norteamérica de los últimos setenta años y la etapa más dura en la historia de los medios impresos.

Pero encontramos al mismo tiempo oportunidades valiosísimas para la educación de nuestros hijos además de amistades entrañables y un clima de libertades que no resulta fácil encontrar en otras latitudes.

Como familia hemos logrado conocer, disfrutar y aprovechar las bondades del sistema norteamericano, y al mismo tiempo mantener firmes nuestras costumbres y creencias, en especial la cultura mexicana que nos dio identidad y origen.

Ahora esperamos que la green card facilite nuevas opciones económicas y de crecimiento para toda la familia. Por lo pronto hemos entregado a este país hijos responsables que ya aportan su grano de arena y que seguramente serán en el futuro ciudadanos honrados y trabajadores de mucha valía.

Y sin olvidar que todos somos hijos del mundo y que hoy estamos en Estados Unidos, ayer en México, mañana, solo Dios sabe.

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jhealy1957@gmail.com.

 
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