Columna: Tributo a los momentos que nos dan mucho que agradecer

A un par de sillas de distancia alcanzaba a ver cómo mi hija de 6 años respiraba hondo mientras esperaba su turno para tocar en su primer recital de piano. Su mirada permanecía fija en el suelo, como si estuviera observando a una hormiga cargar algo 10 o 20 veces más grande que su peso.

No fue su idea aprenderse una pieza infantil de Geza Horváth, un autor búlgaro que nadie conoce, y tocarla frente a docenas de desconocidos. Tampoco fue su idea leer la biografía del autor antes de asumir la responsabilidad de comandar un elegante piano negro de cola larga.

Ella es el tipo de niña que prefiere guardar silencio cuando le preguntas su nombre. Su respuesta consiste casi siempre en una sonrisa tímida que apenas alcanza a delatar los hoyuelos que se forman en sus mejillas.

Unas semanas antes declaró contundentemente que no quería tocar en el recital. Pero sabía que el terco de su padre no lo permitiría. En más de una ocasión le dijo que tenía que vencer el miedo de hablar frente al público, de prepararse, practicar y demostrar de lo que era capaz de hacer.

No me atreví a sacar el celular para grabar el momento cuando se paró frente a todos y leyó impecablemente la biografía que ella misma escribió. Tenía temor de perderme el momento. Tampoco capturé con video cuando tocó Canzonetta, una pieza sencilla que para un padre orgulloso sonó como una sinfonía de Beethoven.

El momento de ver a mi hija superar sus temores fue una de las cosas que más agradezco en esta celebración del Día de Acción de Gracias. No tengo fotos. No tengo video. Solamente tengo el recuerdo. Y es todo lo que necesito.

Esos momentos efímeros son por los que estoy agradecido este año.

No cuestan nada. Solamente hay que abrir los ojos y reconocerlos. Están enfrente de nosotros todos los días y a todas horas, pero nuestras ocupadas vidas nos impiden ver con claridad las cosas que son verdaderamente importantes.

Éste fue el año, por ejemplo, que mi hija de 8 años se consolidó como una ratoncita de biblioteca. Su computadora se llenaba de polvo en una esquina de la casa mientras ella se perdía en las aventuras de Harry Potter y sus amigos magos. En más de una ocasión me senté a una buena distancia solo para observarla leer, y desde lejos me preguntaba que se estaría imaginando mientras le daba vueltas a las páginas sin prestar atención a lo que sucedía en su alrededor.

Estoy agradecido por esos momentos cuando la acomodaba en su cama con un oso de peluche y su libro favorito, y le decía buenas noches con un beso en la frente. Estoy agradecido cuando regresaba dos horas después y veía que la luz de su cuarto seguía encendida.

Este año hubo muchos abrazos por los cuales estoy agradecido, incluyendo uno bien apretado que me dio mi hija de 3 años momentos después de despertar. Para ella seguramente fue lo mismo que abrazar a un oso de peluche, pero para mí fue uno de los momentos más especiales del año.

También estoy agradecido por los momentos difíciles, que siempre tienen algo que enseñarnos. Este año se despidió del mundo una tía que murió rápidamente de cáncer. Dos semanas antes de que falleciera tuve la fortuna de ir con mis hijas a visitarla, y de pasar una tarde agradable tomando sodas de sabores y viéndola reír a todo pulmón como siempre lo había hecho.

Aprendí que la vida se va demasiado rápido para dejar escapar los muchos momentos que hacen que la vida valga la pena. Hay personas que viven enajenadas con lo que pasó ayer, ansiosas por lo que pasará mañana, y rara vez presentes en el ahora.

También estoy agradecido por tener este espacio en el periódico, donde puedo por compartir todas estas cosas contigo. Te agradezco la lectura, tus comentarios, las llamadas, los correos electrónicos y las buenas conversaciones que hemos tenido sobre todo tipo de temas.

Gracias por todos los lectores como tú.