Siempre pienso en contar historias: Tania Candiani

Tania Candiani
Tania Candiani — Agencia Reforma

— “He mentido por costumbre desde niño” es una confesión hecha no en la privacidad del sicoanalista ni en el recogimiento del templo, sino en la sala de un museo de arte contemporáneo.

El mentiroso confeso quizá ignoraba que su secreto, grabado en el contexto de la exposición Cinco variaciones de circunstancias fónicas y una pausa en el Laboratorio Arte Alameda (LAA), va a ser reproducido día y noche en plena Alameda Central.

Ahí se instalará en unos días una réplica a escala del campanario del ex Convento de San Diego —cuya función principal era el llamado—, para difundir los mensajes dejados por el público en alguno de los tres “confesionarios” dispuestos por la artista Tania Candiani en el claustro donde un micrófono suple la oreja del confesor.

Esos mensajes grabados son traducidos a texto y bordados sobre una gran tela con la caligrafía del grafitero. El propósito es que no sea del todo legible.

“Si estás contando un secreto, no quieres que de inmediato sea leído por el otro”, explica.

Candiani (Ciudad de México, 1974) es una artista que busca hacer obras accesibles al público.

“Respeto mucho el arte conceptual duro (...) pero a mí me gusta más bien dar herramientas con las qué contar. Siempre pienso en contar una historia”, dice la artista.

Se proponía ser escritora pero abandonó la carrera de Letras en la UNAM por un empleo como editora en El Colegio de la Frontera Norte. Se instaló en Tijuana y montó su primera exposición. Se quedó allá durante 15 años.

Distintas etiquetas le han colgado: “artista mujer”, “artista de Tijuana”.

“Las categorías son siempre incómodas, te atan a ciertas cosas”, revira.

Como artista es capaz de crear a partir de casi cualquier objeto cotidiano y cuestiona los tradicionales modos de ver, con un interés antropológico, de acuerdo con la Fundación Guggenheim, que le otorgó una de sus becas.

En Otros paseos. Otras historias (2010), por ejemplo, recogió los testimonios y recuerdos de vecinos y paseantes para armar recorridos guiados por el Centro Histórico; en Puebla, durante 30 días vivió y trabajó en una fábrica textil abandonada, tiempo en el que bordó 400 metros de textos y diseñó 30 vestidos.

En Battleground (2009), simuló una batalla virtual —transmitida en vivo— en los límites de Ciudad Juárez y El Paso, ciudades que ostentan los títulos de la más insegura y la más pacífica, para mostrar la violencia en la frontera. Intervino las fachadas de la Biblioteca Vasconcelos y el hotel Habita de Polanco.

Su nueva exposición en la Ciudad de México recorre constantes de su trabajo como las máquinas, la narrativa, el argumento, el sonido, los sistemas de lectura y la ciencia ficción a través de seis piezas que le fueron comisionadas por la curadora Karla Jasso.

“Aquí el que dice cosas vas a ser tú”, explica.

Al entrar al recinto, el espectador se encuentra con un órgano, el más antiguo de los instrumentos de teclado, convertido en una máquina parlante equipada con dos teclados: una máquina de escribir y un teclado musical.

A partir del uso de un sintetizador de voz, lo escrito con la máquina puede ser escuchado en la nave principal; mientras que el teclado está programado para que cada tecla o acorde corresponda a una sílaba.

“Me interesa la confrontación de lo tecnológico y los principios de lo digital”, añade.

En sus piezas normalmente emplea aquellos objetos y chácharas hallados en mercados de pulgas. “Soy chacharera”, confiesa. Los rollos de pianola que una vez sirvieron como cortinas ahora alimentan cinco pianos mecánicos, aunque su sonido ha sido alterado por las nuevas tecnologías, es posible reconocer, por ejemplo, la melodía de un melancólico tango.

En Historias sonoras, Candiani dispuso de cuatro cascos blancos, que recuerdan la estética de la película 2001, Odisea del espacio, de Stanley Kubrick, equipados con un sistema de sonido envolvente y una pantalla.

Convocó a tres sonidistas de cine —un oficio relegado por la industria con el uso de las bibliotecas digitales— y a un artista visual para crear su propia historia sonora. Al espectador toca imaginar su propia versión de lo relatado, sin más estímulo visual que la representación gráfica del sonido que se le presenta en pantalla.

Con ayuda del escribano José Edith González, de la Plaza de Santo Domingo, la artista armó el video Pausa en que nueve escritores —entre ellos Fadanelli, BEF y Bellatin— cuentan su historia oral y el escribano lo vuelca a su escritura.

“Queremos que (la exposición) vaya a un par de sitios en México y se mueva, de preferencia que vaya a Europa o a Brasil, que viaje”.

Mientras, se exhibe en el Laboratorio Arte Alameda hasta abril de este año.