Reconocen a inmigrante mexicana por su trabajo con desamparados de Chicago

SOLIDARIDAD PERFIL

La mexicana Micaela Ibarra entró hace 40 años en EE.UU. como indocumentada, desde entonces ha dedicado su vida a la iglesia de su barrio y a los más necesitados. EFE
La mexicana Micaela Ibarra entró hace 40 años en EE.UU. como indocumentada, desde entonces ha dedicado su vida a la iglesia de su barrio y a los más necesitados. EFE

— La mexicana Micaela Ibarra entró hace 40 años en EE.UU. como indocumentada, con dos de sus hijos y otros cinco que había prometido entregar a los padres, residentes en Chicago. Desde entonces ha dedicado su vida a la iglesia de su barrio y a los más necesitados.

"Doña Miquita" o "La Abuelita del Barrio", como se la conoce, cumplirá 84 años en septiembre, asiste a misa todos los días en la parroquia San Procopio, en el barrio latino de Pilsen, donde ayuda en la cocina y el comedor y reparte ropa a los desamparados.

Según declaró a Efe en una entrevista, "es una inspiración que Dios me ha dado el servir a la comunidad, porque en todos lados hay mucha necesidad".

El párroco de la iglesia, Sean O'Sullivan, la considera "una santa" que siempre tiene tiempo para la gente y pone mucho amor en lo que hace.

"Ella vino de México sin nada, aprendió que cada persona es importante y no solamente se preocupa de sus hijos, nietos y bisnietos, sino de toda su comunidad", declaró.

Sin embargo, para doña Miquita, su devoción a la iglesia es una forma de agradecer "los milagros que acompañaron" su vida, desde que quedó viuda en Michoacán con menos de 30 años y tres hijos, la menor de ellos de apenas 3 años.

La primera escala dentro de México fue Morelia, donde vivió y trabajó como empleada doméstica durante ocho años mientras sus hijos vivían y se educaban como internados en un convento religioso.

Luego se trasladó a la capital mexicana, donde rentaron un "cuartito" y vivieron "en la más absoluta pobreza", recordó.

Su trabajo principal consistía en criar los cinco hijos de una pareja que había emigrado a Estados Unidos, que cuando "arreglaron sus cosas" en Chicago la convencieron de llevarles los niños a través de la frontera.

Doña Miquita señaló que nunca había pensado en emigrar, pero en aquel entonces, "aunque se ganaba poco, no era difícil conseguir trabajo en el norte" y fue entonces que decidió emprender el viaje con los niños y sus hijas de 16 y 21 años.

"Cruzamos el río caminando, con la niña más chica, de cuatro años, cargada en brazos. Mi hijo varón, que tenía 18 años, se había venido tres semanas antes ayudado por familiares", recordó.

Desde la frontera fueron trasladados en automóvil a Chicago, donde se instalaron y pudieron conseguir trabajo.

"Fueron años muy difíciles, trabajábamos en fábricas y teníamos mucho miedo a Inmigración. Sólo Dios sabía si íbamos a regresar a casa, pero nos protegió", expresó.

Doña Miquita dijo que su profunda religiosidad se inició en el rancho donde vivía en Michoacán, y se cimentó en San Procopio, donde comenzó como voluntaria y terminó como coordinadora de los servicios sociales.

"Mientras pueda moverme voy a trabajar por los demás. Para mí es una satisfacción", señaló esta samaritana de familia numerosa, donde se cuentan tres hijos, diez nietos y seis bisnietos.

"A esta edad tengo mucha voluntad de hacer cosas, pero poca capacidad, aunque igualmente lo hago con mucho gusto", agregó.

José Arellano, feligrés y voluntario de San Procopio, conoce a doña Miquita desde hace diez años, y la tiene "cariño porque ha dado su vida a los pobres y necesitados", declaró.

Este verano la parroquia reconoció el trabajo de Micaela Ibarra con un mural en su honor pintado junto a la rectoría y cerca del centro juvenil.

"Fue una sorpresa que nunca imaginé y cuando lo vi me di cuenta por qué mis hijas me tuvieron alejada de ese lugar durante una semana y media, mientras lo pintaban", dijo.

 
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