Ante el trágico tiroteo, solo queda recordar a los niños

Ana Márquez-Greene.

Es el nombre que escogí para recordar el resto de mi vida. No la conozco, pero Ana fue uno de los 20 niños que murieron baleados por un enfermo mental en una escuela primaria de Newtown, Connecticut.

La conozco solo por fotos que su familia puso en internet, donde aparece tocando el piano con su hermano mayor o posando ante la cámara con un moño en la cabeza y una sonrisa en la cara. Me imagino que era simpática y alegre, como lo son todos los niños, y que sus padres la amaban profundamente, como yo amo a mis hijas.

Alguien sugirió en Facebook que eligiéramos un nombre y que lo recordáramos el resto de nuestras vidas, como una forma de honrar a estas pequeñas almas. Fue doloroso ver la lista de niños con las mismas edades de mis hijas, 6 y 7 años. Me atormenta recrear en mi mente la última mañana que pasaron en sus casas, cuando eligieron su ropa de su closet, cuando desayunaron, cuando discutieron con el hermano o hermana, cuando se subieron al auto y después cuando se despidieron de sus padres por última vez en la escuela, que hasta hace unos días era el lugar más seguro del mundo.

No conozco a detalle lo que pasó esa mañana en la primaria Sandy Hook Elementary School porque se me hace demasiado difícil leerlo. Me he limitado a ver los encabezados o a escanear los primeros párrafos de los artículos: maestros heroicos que murieron salvando a niños escondiéndolos en los closets y baños, vecinos que arroparon a los niños que escaparon de la escuela, un enfermo mental que ametralló a niños con el mismo tipo de rifle que usó mi hermano cuando peleó en Afganistán.

El asesino no es el único enfermo. Como país todos estamos enfermos cuando uno de nuestros ciudadanos asesina deliberadamente a niños. Somos el país más violento y armado del mundo. Empezamos guerras a domicilio y castigamos los asesinatos con la pena de muerte. Hemos sido por décadas exportadores de películas bélicas, idolatramos a personajes de Hollywood que destruyen todo en su camino, somos protagonistas en videojuegos de combate uno a uno.

Algo está mal cuando puedes ir a Walmart y comprar una ametralladora semiautomática con toda la munición que quieras. En algunos estados puedes comprar armas sin tener que someterte a una búsqueda de antecedentes. Algo está mal cuando seguimos sin saber cómo tratar a nuestros enfermos mentales, que son nuestros primos, vecinos o hermanos. Algo está mal cuando los tratamos en las prisiones y no en los hospitales.

Algo está mal cuando los padres perdemos ese poco sentido de seguridad que nos daba la escuela, en donde sabías que, con excepción de niños mal portados, tus hijos estaban a salvo.

Hoy todavía estamos de luto, pero pronto llegará el momento de hacer algo, de regular aún más la venta de armas, de vernos en el espejo y reflexionar sobre qué es lo que estamos haciendo mal como sociedad. Basta de los políticos que con base en su ideología anticuada protegen a toda costa el acceso, la compra y el uso de las armas de fuego de alto calibre.

Se lo debemos a niñas como Ana, la hija del saxofonista y músico de jazz, Jimmy Greene. Su madre es de Puerto Rico y la familia apenas tenía un año en Connecticut. Isaiah, su hermano mayor, también asistía a la misma escuela, pero él logró sobrevivir el tiroteo.

Ana solía escribirles notas a sus padres diciéndoles que los amaba, y las escondía debajo de sus almohadas para sorprenderlos. En esta familia musical, su modo de transporte no era caminando sino bailando de un lugar a otro. Cuando el radio se tornaba silencioso, la música seguía tocando en su mente.

Así la recuerda su papá.

Nunca la conocí, pero me prometo a mí mismo no olvidar el nombre de esta niña a la que le gustaba usar ropa de colores y ponerse moños en la cabeza, como mi hija de siete años. Es lo mínimo que puedo hacer para mantener con vida su recuerdo.